Reconocer el estrés hídrico en el olivar a tiempo puede marcar la diferencia entre una buena cosecha y una mala. Los primeros síntomas suelen verse en la propia aceituna, que se arruga por la falta de agua, y en las hojas, que se orientan hacia arriba dejando ver el envés como mecanismo de defensa. Los tallos también dan pistas: cuando están duros, secos y pierden flexibilidad, es una señal clara de que el árbol está sufriendo.
El aspecto general del olivo termina de confirmar el diagnóstico. Un árbol con estrés hídrico adquiere un color amarillento y apagado, y transmite una sensación de envejecimiento y falta de vigor que contrasta claramente con un olivo sano. En cambio, un olivo sin este problema muestra aceitunas estiradas y turgentes, tallos nuevos flexibles y frescos, y un follaje que mantiene las hojas abiertas con un verde intenso, la mejor prueba visual de que el riego o las reservas de agua están siendo suficientes.
Además del propio estrés hídrico, conviene estar atento a otros daños que pueden sumarse al problema, como el ocasionado por la chicharra en los tallos. La gravedad de estos daños depende en buena medida del tamaño y el vigor del olivo, por lo que un árbol ya debilitado por la falta de agua tiene menos capacidad de recuperación. De ahí la importancia de vigilar estos síntomas de forma regular y actuar antes de que las consecuencias se noten en la producción.
Te lo explico todo en este vídeo.

