En el olivar es habitual encontrar años con más rendimiento que otros, incluso cuando se mantienen las mismas prácticas de manejo. Esta variabilidad se explica, en gran medida, por los factores que influyen directamente en la lipogénesis, es decir, en la fabricación del aceite dentro de la aceituna. El estrés hídrico y los veranos excesivamente calurosos dificultan este proceso, retrasando la síntesis de aceite y reduciendo los rendimientos, especialmente en las primeras fechas de recolección.
El clima es determinante, pero no actúa solo. La nutrición equilibrada, con especial protagonismo del potasio, el uso de abonos orgánicos y el aporte de microelementos favorecen una lipogénesis más eficiente y pueden adelantar la obtención de buenos rendimientos grasos. Además, el tamaño del árbol y su equilibrio vegetativo influyen en la hidratación del fruto, mientras que la poda y la carga de cosecha condicionan tanto la rapidez como la intensidad con la que se forma el aceite.
En secano, la situación se acentúa: si las lluvias llegan tarde, el estrés hídrico retrasa y limita la formación de aceite, reforzando la idea de que hay años con más rendimiento que otros. No obstante, determinadas combinaciones climáticas, como una baja humedad ambiental y condiciones térmicas favorables, pueden dar lugar a rendimientos altos de forma temprana, incluso en campañas aparentemente desfavorables. Comprender esta interacción entre clima, manejo y fisiología del olivo es clave para interpretar los resultados de cada campaña.
Te lo explico todo en este vídeo.

